jueves, 17 de septiembre de 2009

25° domingo ordinario, B (20 septiembre 2009)

Texto a meditar y orar
Mc. 9, 30-37

Lectura. Caminando hacia Jerusalén, Jesús pasa por Galilea y desea mantener en el anonimato su identidad: aunque no totalmente consumada, la ruptura con su pueblo, ante el cual ha obrado milagros y para el que ha predicado el evangelio, es evidente. Nada ha de detenerle ya en su ida a Jerusalén y sólo sus discípulos son destinatarios de una enseñanza más densa y permanente: los caminos de Galilea se convierten ahora en su escuela privada; presta atención únicamente a quien le sigue: sus compañeros de viaje son sus aprendices.

Lo que tiene que decirles, ha de quedar entre ellos; Jesús adelanta la meta a quienes le acompañan en su camino: intima con quien le acompaña. Tras la entrega de Jesús, está Dios, sin negar que se cumpla con intervención humana: las manos de los hombres caerán sobre Jesús, porque ésa es la voluntad de Dios. Dios deja al hombre en manos de los hombres, pero la muerte tiene un límite; la resurrección ya está anunciada para el tercer día.

Por segunda vez, el evangelista muestra la incapacidad de los discípulos para entender lo que Jesús les decía; su silencio con que acogen la enseñanza de Jesús está motivada por el miedo, un miedo que no es sano, reverencial, sino obstinado, por nacer de una oposición al destino de Jesús; no aceptan, aunque callen; y por lo mismo, el silencio pasa a ser una forma suprema de resistencia.

Alimentando ambiciones en el seguimiento de Jesús. Los discípulos se dan cuenta de que su conversación en el camino no compagina con el anuncio que Jesús les había repetido de camino por Galilea. Estar subiendo a Jerusalén pudo haberles reanimado las esperanzas de una implantación cercana del reino; lo cierto es que había alimentado ambiciones personales y por lo mismo, la discordia.

Mediante una simple contraposición (primero/último), y un breve comentario (último=siervo) resuelve Jesús la cuestión que les ocupó durante el camino. El discípulo mayor es quien más y mejor sirve; primero es quien se pone a la disposición de todos, quien trata a los demás como primeros: el rango está en el servicio.

A las palabras siguen los hechos: toma un niño, lo coloca en medio de los doce, lo abraza. No sólo es un servicio al pequeño, es también un pequeño servicio el que hace grande al discípulo, si lo realiza en nombre de Jesús.

Acoger al más pequeño, al más necesitado de atenciones y servicio, es acoger al Señor. La razón de la acogida es Cristo y no su pequeñez. Jesús enseña a quien pretende ser mayor, no a quien se contenta con ser insignificante, que ha de hacerse servidor de todos y guardián de los más pequeños.



Meditación. Camino de Jerusalén, Jesús pudo preveer su trágico final y preanunciárselo a sus discípulos. Hoy el evangelio nos ofrece el segundo anuncio de su muerte: así quería preparar la fe de quienes compartían camino y su predicación. Lo trágico es que no encontrará la debida atención en sus discípulos: mientras el Maestro se dirigía seguro de sí, hacia su fin, los discípulos discutían sobre dignidades y privilegios que estaban por venir. Mientras Jesús piensa en dar la vida, los siervos se afanan en aparecer como señores. Un Maestro así, según el pensar de los discípulos, que camina hacia la muerte contradice las ganas de vivir de todos ellos.

Tan decidido estaba Jesús a subir a Jerusalén y enfrentarse con el querer de Dios que no permite distracciones ni dilaciones en su camino. El miedo que tienen los discípulos en el seguimiento del crucificado nace de la resistencia a aceptarle. Y es que no basta con seguir a Jesús, si no se persiguen junto a él sus ideales: a quien acompaña a Jesús le espera siempre una cruz; el miedo a perderse termina siempre con perder al discípulo.

Que seguir a Jesús no es suficiente para dejarse envolver y ganar por su programa es claro en el relato evangélico; preguntándoles por lo que les preocupa cuando iban de camino, cuestiona en profundidad su fidelidad: están lejos de él por más cerca que le sigan. Ser el mayor no debe preocupar a quien vive tras él: la primacía en el servicio es la vía de la excelencia entre discípulos de Cristo.

Marcos recuerda que el destino de Jesús no fue simple casualidad sino programa de salvación; si desea participar en él, tendrá que aceptar sus consecuencias: el servicio al menor, el cuidado al menesteroso, la atención al insignificante es la ocupación preferente de los seguidores de Jesús, su ministerio mejor.

El niño, ser en dependencia por antonomasia, es el modelo de identificación de cuantos siguen a Jesús. El niño dependía, en la sociedad de Jesús, totalmente de los demás para poder sobrevivir: era realmente el último, el último de la sociedad, el último de la familia. Y es en cuanto tal que Jesús lo escoge como ejemplo vivo del discípulo, el niño es el modelo de identificación de cuantos siguen a Jesús. La comunidad de Jesús tiene como primero al que aparece al último, y el más débil es su mejor modelo.



Oración. Señor, aumenta mi fe, para comprender el camino que hoy, con tu Palabra, pones como itinerario para tu seguimiento y como meta de mi vida. Que mi corazón no se llene de miedo fruto de una resistencia a seguirte hasta las últimas consecuencias. Más bien, mantenlo abierto a tus ideales,

Me impresiona mucho cuando te veo como en ésta parte del Evangelio, tan obediente al Padre.

Me sorprende Señor tu fuerza al no encontrar entendimiento en los tuyos para las preocupaciones que te aquejaban. Cargaste Señor con la cruz y me pregunto cuál cruz te resultó más pesada ¿la de Jerusalén o la de no sentirte entendido por los que estabas enseñando y peor aún, conociendo en sus corazones su sed de poderío cuando Tú sólo enseñaste el amor?

Tanto insististe, Señor en la renuncia, en el dejar de ser para que otros sean, que da miedo someterse a tanta exigencia. Tus discípulos lo sintieron y su silencio no fue sino la peor traición.

Con todo, Señor, pese a que a veces yo también experimento miedo a dejar de ser para que otros sean, no puedo dejar de reconocer que tu enseñanza es de amor y que tu entrega es por amor.

Permíteme ser un poco más sensible a las necesidades de los que me rodean y ayúdame a hacerme cercano de los que más necesitan saberse amados por Tí.


Contemplación. En el silencio de tu corazón, te invito a dialogar con Dios; que le pidas que aumente tu fe para descubrir la invitación que el Señor te hace para seguirle; que disponga tu corazón a su Palabra.

Dios les bendiga. P. Cleo sdb

lunes, 7 de septiembre de 2009

24° domingo ordinario, B (13 septiembre 2009)

Texto de Marcos 8, 27-35 (Léelo serena y tranquilamente una o varias veces hasta desentrañar parte de su estructura, personajes y organización).

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a los poblados de Cesarea de Filipo. Por el camino les hizo esta pregunta: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Ellos le contestaron: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.

Entonces él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” Pedro le respondió: “Tú eres el Mesías”. Y él les ordenó que no se lo dijeran a nadie.

Luego se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día.

Todo esto lo dijo con entera claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y trataba de disuadirlo. Jesús se volvió, y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro con estas palabras: “¡Apártate de mí, Satanás! Porque tú no juzgas según Dios, sino según los hombres”.

Después llamó a la multitud y a sus discípulos, y les dijo: “El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz y que me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi y por el Evangelio, la salvará”.



Lectura (Lectura de lo que dice el texto en sí mismo para entenderlo mejor):
Este relato es el corazón del Evangelio de Marcos. Nos presenta el modo de ser Mesías para Jesús. Los personajes son Jesús, sus discípulos, Pedro y la multitud. Se dirige a Cesarea de Filipo y por el camino Jesús interroga a sus discípulos acerca de lo que los demás piensan de él; les hace dos preguntas: una general y otra personal: “¿Quién dice la gente que soy yo?” Y “Ustedes ¿Quién dicen que soy yo?”. Los discípulos le responden presentado la opinión popular con figuras de la historia bíblica. Luego les anuncia por primera vez de su Pasión. Pedro interviene en dos ocasiones de manera diversa; lo reconoce como el Cristo, el Mesías y es reprendido por Jesús como Satanás. Finalmente dice a la multitud y a los discípulos, el cómo debe ser el seguimiento de Jesús y el reconocimiento como Mesías: “el que quiera venir conmigo… el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio, la salvará”.



Meditación (Reflexión personal y profundización sobre la Palabra, lo que a mí me dice ahora en mi familia, vida y circunstancias):
La liturgia de este día nos presenta un texto sobre el “siervo del Señor”. Nos presenta una de la más antigua interpretación de la muerte pascual de Cristo: esta muerte está dentro de aquel proyecto que se realiza a través del sufrimiento, persecución, muerte y resurrección del Señor. Y vemos así la intervención de Pedro en dos ocasiones tan diferentes indicándonos que la comunidad cristiana no debe crear una imagen propia del Mesías, sino que debe reconocer aquella oferta encarnada en Jesús con su vida y su muerte. Y reconociendo a Jesús, como el Mesías crucificado, debe seguirlo por el mismo camino. Este puede ser un tema de meditación.



Oración (Lo que le digo, desde mi vida, al Dios que me habla en su Evangelio. Le respondo):
Señor, desde siempre, ¡oh Dios!, has sido el primero en dialogar con la gente; así también Jesús no ha esperado a que le preguntaran; su palabra es don de luz, provoca una respuesta, solicita un cambio de mentalidad: “¿Quién dice la gente que soy yo?”, “Y ustedes, ¿Quién dicen que soy yo?”. Señor, nos ayudas a entender lo que es ser Mesías, el Cristo, al hacernos ver cómo el amor es llevado hasta el extremo. Ese amor al Padre, Cristo lo lleva en docilidad y obediencia como “siervo sufriente”. Esto fue difícil de entender para Pedro. Enseñándonos que la cruz es la insignia de aquel que sigue al Cristo. Lo dice San Juan Crisóstomo: “Nadie debe entristecerse por los signos venerables de nuestra salvación; son para nosotros fuente de todos los bienes; les debemos la vida y la existencia. Llevamos a todas partes la cruz de Cristo como una corona. Es el signo de nuestra salvación, de nuestra libertad; es el signo del amor del Señor hacia nosotros”.. “Perder la propia vida por causa de Jesús y del Evangelio” es lo que nos enseñas a través de San Marcos. Gracias, Señor.



Contemplación (Hago silencio, me lleno de gozo, me dejo iluminar, adoro, alabo y tomo decisiones para actuar de acuerdo a la Palabra de Dios, en mi vida ordinaria personal, familiar, laboral, social, escolar…)
Contemplar el modo de ser Mesías y el seguimiento del Señor, es motivo de gozo. Es verdad, que a nosotros nos agradar decir en creer en Jesús y de seguirlo, no obstante debamos tomar la cruz día a día, con tal de ir tras El. Creer en Jesús va significar: aceptarlo en su modo de vivir. Tomemos la decisión de renunciar a maneras de pensar más atrayentes y caminos más fáciles que nos puedan impedir su seguimiento.


Saludos y bendiciones. Feliz Domingo. Felices fiestas patrias. Nacho, SDB.

jueves, 3 de septiembre de 2009

23° domingo ordinario, B (6 septiembre 2009)


Texto a meditar y orar:
Mc. 7, 31-37

Lectura: En tierra extranjera, Jesús realiza uno de los signos “soñados” por el profeta Isaías. El párrafo evangélico describe la curación de parte de Jesús de un sordomudo en pleno territorio pagano: es un hecho emblemático, donde se cumplen las palabras de Isaías y donde se revela la liberación que se está actuando precisamente en la obra de Jesús.
Emblemático, porque el episodio inicia con la presentación de un sordomudo, y termina con la mención general de “los sordos y los mudos”. La doble caracterización de la enfermedad y sobretodo la mención final de los sordos y de los mudos, nos conducen a la profecía de Isaías de la primera lectura de hoy; detrás de éste hombre se deja ver, el pueblo hebreo, que entonces como hoy, espera la liberación definitiva. Este sordomudo que vive en pleno territorio de la Decápolis, representa el paganismo, toda la humanidad reunida por una misma incapacidad de oír y de hablar.
El gesto donde Jesús “pone los dedos en los oídos” del enfermo hace referencia al dedo de Dios, expresión con la cual los magos de Egipto comentan las plagas de los mosquitos realizada por el bastón milagroso de Aarón. Ese gesto de Jesús es entonces, revelador de un nuevo éxodo (salida).
Todos estos elementos, aunque en modo sobrio y alusivo, invitan a ver en Jesús el Mesías, el enviado de Dios.
Las exclamaciones del texto del Evangelio como la de “ha hecho bien todas las cosas” y demás expresiones, son alusiones al A.T, anotadas antes, tienen dos finalidades, una, manifestar la identidad de Jesús y una segunda, mostrarnos la cualificación de su obra. En efecto, si El, “hace bien todo”, como Dios, significa que se está actuando la nueva creación; si en él obra el “dedo de Dios”, significa que un nuevo Exodo se está cumpliendo. Ya desde antes el profeta Isaías había descrito la salvación como una nueva creación y un nuevo éxodo; ahora es la palabra del profeta que se cumple en la obra de Jesús, y no solamente en favor de los hebreos, sino de todos los hombres. Por lo mismo se entiende que Jesús libera al hombre de su verdadera esclavitud, aquella del pecado.
El contexto del párrafo evangélico subraya la sordera y el mutismo de los discípulos, es decir, su incapacidad para comprender la persona y la misión de Jesús.


Meditación: Jesús, una vez que le fue presentado el sordomudo, no tardó tiempo en sanarlo: “miró al cielo, suspiró y dijo: ábrete”. Más que los oídos, ese mandato sanó de raíz al hombre, pues le salvó de la soledad radical de quien vive sin poder comunicarse con los semejantes; metiéndole los dedos en los oídos y tocándole con la saliva la lengua tomaba Jesús en serio la causa de sus males y, devolviéndole su natural capacidad devolvió, al hombre a la comunidad; si la sordera y la mudez lo habían condenado al aislamiento y a la marginación, el milagro de Jesús le devolvió su dignidad humana. Encontrarse con Jesús lleva a rencontrar la palabra y la voluntad de escucha: nadie que es presentado a Jesús vuelve a presentarse a su prójimo estando cerrado a la comunicación y al diálogo: el hombre radicalmente sano es un hombre libre en su hablar y liberado para escuchar.
Cuanto más presente esté Jesús en la vida de nuestros amigos y de nuestros jóvenes, tanto mayor será su capacidad de comunicación con nosotros. Presentémonos y presentemos a los demás ante Jesús, nuestra incapacidad le moverá a compasión, y nos devolverá la escucha y la palabra; nadie que se haya encontrado realmente con Jesús, por más incapacitado que estuviera, ha regresado a su mutismo anterior: Cristo sana al hombre que lo encuentra, devolviéndole a la comunidad con ganas de hablar y voluntad de escuchar.
Una vez curado, el sordomudo se lanzó a proclamar cuanto le había sucedido; no pudo guardar para sí lo que Jesús le había procurado: verse libre de su mudez, lo convirtió en predicador; no quiso silenciar el milagro, pues lo que Dios había hecho en él, no le pertenecía; convirtió su experiencia personal en contenido de su proclamación de Cristo.

Hacer oír al sordo y hablar al mudo es obra de Dios, de quien se espera la salvación; no importa que estemos aún lejos. Dios viene a quien siente necesidad de Él. Y para sentirla, hay que sentir el propio mal como mal y como propio. Nadie espera lo que no necesita: Dios no es necesario a quien no lo echa en falta. Y no es indiferente que el milagro realizado haya sido posibilitar la escucha y abrir al diálogo a un hombre. De poco sirve que Dios quiera hablarnos, si nos cerramos en nuestro mutismo; el precio que pagamos por no hacernos responsables de nuestra obediencia es la incomunicación.



Oración: Señor Jesús. Escuchando tu Palabra quiero pedirte un favor Señor, que me libres de éste mal que invade mi vida, la sordera y la mudez, de este mal que me hace no sentir necesidad de Tí y no buscarte. Que me hagas descubrir tu liberación al acercarte a mí y quitarme los impedimentos que no me dejan manifestarme como me has llamado a ser y como me has creado, para proclamarte a Tí ante los demás. Verme libre de todos estos impedimentos me hace, como el sordomudo, lanzarme a anunciar las maravillas que has realizado y que realizaste en mí. Me hace no quedarme callado, sino testimoniar con alegría que Tú sigues haciendo maravillas y no precisamente a los que están cerca de Tí y que se sienten libres de pecado, sino a quien se siente alejado, pero que confía en Tí y se deja ser tocado por Tí y está abierto a la escucha de tu palabra



Contemplación. Agradecido con Dios porque me percibo el centro de la atención de la atención de Él, tocado por Jesús, objeto de su oración; me contemplo y soy concsciente de lo que soy y de lo que vivo y también tomo conciencia de mi sordera y de mi mudez de mi realidad, de mis dudas y sonbras, de mis ambigüedades….. y rezo ante Dios.

Dios les acompañe. P. Cleo sdb

miércoles, 26 de agosto de 2009

22° domingo ordinario, B (2 septiembre 2009)


Texto que vamos a reflexionar y orar:
Marcos 7,1-8. 14-15. 21-23.


En aquel tiempo, se acercaron a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén. Viendo que algunos de los discípulos de Jesús comían con las manos impuras, es decir, sin habérselas lavado, los fariseos y los escribas le preguntaron; “¿Por qué tus discípulos comen con manos impuras y no siguen la tradición de nuestros mayores? (Los fariseos y los judíos, en general, no comen sin lavarse antes las manos hasta el codo, siguiendo la tradición de sus mayores; al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones, y observan muchas otras cosas por tradición, como purificar los vasos, las jarras y las ollas).

Jesús les contestó: “¡Qué bien profetizó Isaías sobre ustedes, hipócritas, cuando escribió: Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mi. Es inútil el culto que me rinden, porque enseñan doctrinas que no son sino preceptos humanos! Ustedes dejan a un lado el mandamiento de Dios, para aferrarse a las tradiciones de los hombres”.

Después, Jesús llamó a la gente y les dijo: “Escúchenme todos y entiéndanme. Nada que entre de fuera puede manchar al hombre; lo que sí lo mancha es lo que sale de dentro; porque del corazón del hombre salen las intenciones malas, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, las codicias, las injusticias, los fraudes, el desenfreno, las envidias, la difamación, el orgullo y la frivolidad. Todas estas maldades salen de dentro y manchan al hombre”.



Lectura (Lectio): lee atentamente el texto cuantas veces sea necesario, hasta identificar su estructura: personajes, verbos, lugares, relaciones entre ellos y el mensaje central.

El evangelio de San Marcos nos presenta una polémica entre Jesús y los fariseos y escribas. Todo parte del reproche que estos últimos hacen a Jesús porque sus discípulos no se lavan las manos antes de comer, pues con ese comportamiento contradicen “las tradiciones”; ese mismo comportamiento lleva a caer en la “impureza legal”. En tiempos de Jesús lavarse era más que una necesidad higiénica, era cumplir con leyes rituales de purificación acordadas por los ancianos desde tiempos inmemorables. A la doble crítica Jesús responde diciéndoles que se “fijan” (se quedan “fijos”, inmovilizados) en tradiciones humanas olvidando lo más importante: la voluntad de Dios. Para reforzar su sentencia Jesús cita al profeta Isaías donde dice que Dios rechaza el culto de Israel por ser puramente formal y externo, sin corresponder a los sentimientos de fondo de la persona. De este modo Jesús se sitúa en la línea de los “profetas” que criticaban el culto hipócrita separado de las exigencias morales y sociales de la ley. Y allí mismo, enfrente de ellos habla a toda la gente que lo escuchaba (también a nosotros) afirmando que la impureza no está fuera sino dentro de la persona, que la impureza y la pureza proceden de lo profundo de la mente y del corazón. De las malas intenciones nacen las acciones desordenadas. Con la pequeña lista de acciones Jesús no pretende agotar, sino que sólo señala algo de lo que procede del corazón de las gentes.



Meditación (Meditatio): saca del texto aquello que Dios nos dice a todos y te dice a ti en tu propia realidad.

¿Qué nos querrá decir Jesús ahora a nosotros miembros de la Iglesia? Con el presente texto Jesús no es, como un anárquico, alguien que discute toda ley y rechaza toda tradición y autoridad. Jesús respeta, defiende y cumple las normas de la convivencia social y religiosa de su pueblo, y quiere ir al espíritu mismo de la alianza entre Dios y su pueblo. No se trataba del cumplimiento meramente externo y legal, sino de ordenar desde lo hondo toda la vida, personal y social, al reconocimiento de Dios como Padre y Señor, y a la convivencia justa y fraterna entre los hombres, hijos del mismo Dios. A nosotros ahora (en la familia, en la sociedad y en la Iglesia) nos puede seguir pasando como a los fariseos, que eran buenas personas, cumplidoras de la ley, pero con defectos que Jesús denunció repetidas veces. Jesús denuncia en otras ocasiones la ‘exagerada interpretación y extensión de la ley’ a punto de olvidarse de lo importante y quedarse “fijos” en las minucias, haciendo con ello caer a la gente buena en complejos, angustias y desviaciones. Jesús los acusa de ‘cuidar demasiado la apariencia exterior’ y no darle importancia a su interior y los llama “sepulcros blanqueados”, hermosos por fuera y podridos por dentro, cuidan mucho el detalle pero sus intenciones son torcidas y amañadas. Jesús rechaza la actitud de los fariseos que ‘se creían superiores y mejores que los demás’, se hinchaban de orgullo porque cumpliendo con propiedad ritos, acuerdos y mandatos aparecían llenos ante los hombres pero vacíos de lo que más le importa a Dios: humildad, perdón y misericordia, que es lo que hace que el corazón sea puro. Por todo ello Jesús los llama “hipócritas”, porque aparentan por fuera lo que no son por dentro, porque les importa más lo que diga la gente de ellos que lo que Dios sabe y les conoce por dentro. Para Jesús lo más importante es lo que nace desde dentro del corazón y no le que llega de afuera, porque desde dentro sale lo bueno y lo malo de la gente. Por este motivo la impureza o pureza del corazón no llegará por las cosas que llegan de fuera sino lo por lo que uno “consume” o por los ritos que uno haga, sino ‘por la misericordia de Dios que, perdonándonos en todo lo que Él conoce y sabe de nosotros’, nos capacita para convivir con los demás porque se tiene un renovado corazón que ha experimentado y agradecido el perdón y el amor incondicional de Dios, nuestro Padre.



Oración (Oratio): desde el texto y desde tu vida háblale y respóndele a Dios.

Señor Jesús, purifica y limpia nuestro corazón del egoísmo y del orgullo que nos tientan para vivir de apariencia, en doblez e hipocresía. Haz que seamos humildes para poder reconocer nuestro pecado y para poder aceptar nuestros defectos y nuestros limites delante de ti y de los demás sin tener que buscarnos una “fachada”. Haz que experimentemos de ti la misericordia y el perdón que renueva y purifica el corazón; y que purificado nuestro corazón podamos ser con los demás misericordiosos y comprensivos. Danos libertad para obrar en todo según tu voluntad en lugar de quedarnos “fijos” en tradiciones meramente humanas. Señor Jesús, abre cada vez más nuestros corazones para que Tú estés siempre en nosotros y demos testimonio de ti y de lo que es tuyo.



Contemplación (Contemplatio): busca un lugar apartado y haz silencio, y en lo más hondo de tu corazón, adora, alaba, bendice y agradece a Dios que te habla y te invita a cambiar tu vida.

Muchos saludos y el Señor les bendiga, tanto a ti y a toda tu familia.

Nacho, SDB.

La Paz con ustedes.

miércoles, 19 de agosto de 2009

21° domingo ordinario, B (23 agosto 2009)

Texto a meditar y orar:
Jn. 6, 61-70

LECTIO
El Evangelio de hoy hace un discurso mucho muy fuerte: es decir, que Jesús sea Pan y Palabra que da la vida y comida verdadera productora de vida, no es tan fácil entenderlo. La fe de los discípulos que ha nacido apenas unos días atrás en un banquete nupcial, encontró su prueba determinante en torno a una mesa, en la que Jesús no fue compañero ni comensal sino comida y bebida; quiere decir que no basta al discípulo el seguimiento del Maestro, ha de alimentarse con su palabra pero sobre todo de su cuerpo.
El relato nos sumerge en el drama histórico del rechazo de Jesús por parte de los discípulos que habían creído en Él y que en un determinado momento lo abandonaron, defraudados en sus esperanzas que habían puesto en Él en que sería el mesías salvador.
A la murmuración incrédula de los discípulos, opone Jesús, que conoce su dificultad, signos aún mayores; contemplar su elevación a donde estaba antes; aunque la indicación es obscura, seguramente se refiere al retorno a la gloria que tenía, previa a la misión histórica, a través de la cruz; Jesús sube al Padre, dando la vida para que el mundo tenga vida. Entonces reconocerán los discípulos la presencia real de Jesús en la cena eucarística; allí, en esta cena, el recuerdo de Jesús será convivencia y la memoria se abrirá a la presencia celebrada; el recuerdo de su entrega se conmemorará siempre ante el cuerpo entregado para la vida del mundo.
Y es sólo el Espíritu, que es un regalo de Dios para el discípulo, el único que hace que se entiendan todas estas cosas: Él es el vivificador. Esta comprensión concedida como un regalo, justifica el comportamiento de los discípulos infieles. No pueden sentirse atraídos por Jesús quienes no fueron conducidos hacia Él por Dios. La decepción personal del discípulo está bien explicada: sólo la permanencia con Jesús, la convivencia con Él, no bastan; habrá que haber recibido el don.
A los a apóstoles, Jesús pregunta si piensan abandonarle; no es que desconociera su voluntad de fidelidad, es que quería ayudarla; y Simón reconoce que no tiene a donde ir.
Las últimas palabras de Jesús, dramáticas, nos remiten a la cena de despedida: es estremecedor que la traición del discípulo, su anuncio o su consumación, tengan como contexto una comida con Jesús. El anuncio de la traición en un contexto semejante, hace que la cruz sea para el evangelista el último, y más difícil, escándalo que los discípulos tendrán que soportar: aquí es Judas el protagonista y además el antagonista.

MEDITATIO
Es demasiado duro tener que seguir a alguien que es, además de compañero de mesa, también comida, alimento de viandantes lo mismo que compañero de camino. La Eucaristía siempre ha sido prueba para la fidelidad de los seguidores de Jesús. Regalo de Dios es para Jesús quien lo acepta como su auténtico alimento. Optar por quedarse con Él, como Pedro, sin llegar a entenderlo muy bien del todo, confirma que ha sido Dios quien nos ha elegido.
La fidelidad a Cristo es fácil cuando se descubre la fidelidad de Dios a uno y su amor privilegiado; y ambos dones sólo son percibidos por quien recibe a Jesús como alimento eucarístico.
Como los discípulos, el creyente, se siente tentado de dejar a Cristo por lo poco que le sirve o lo difícil que se le hace entenderse con Él. Sólo quien ha superado la tentación, deja probada su fidelidad.
Los que le abandonan en grupo, fueron sus discípulos. Aquellos que mejor lo conocían, quienes más habían intimado con Él, los que desde el inicio le habían seguido y alguna vez le prometieron seguirle siempre. Pero llegado el momento de aceptarlo, no por lo que querían de él sino por lo que él quería para ellos, no por lo que podía darles, sino cuanto deseaba ser, se sintieron defraudados y lo abandonaron.
Para abandonar al Maestro, siempre hay una buena excusa: “habla, decían los desertores, de forma inaceptable”. Para quedarse junto a él, basta la razón de Pedro, aunque una razón poco digna: “no tenemos otro a quien acudir”.

ORATIO
Gracias, Señor, Jesús, porque has querido ser Pan de vida eterna y alimento para mi vida; por ser el pan verdadero del cual tenemos necesidad de comerlo si queremos vivir. Te pido que éste sea el único motivo de mi vida buscarte porque sintiendo necesidad de Ti, descubriéndome hambriento de Ti, sepa y crea que Tú eres el pan de vida. Hoy, Señor, siento que optar por Ti, me descubre como Pedro, que has sido Tú quien me has elegido y me quieres. La fidelidad a Ti la descubro, porque he descubierto el amor de Dios sobre mí, y un amor privilegiado; todo esto ha sido posible por el alimento eucarístico.
Habiendo probado tu amor y tu bondad y habiéndome alimentado de tu Pan de vida, me dejas, Señor, en libertad, para optar por Ti y así convertirme en hijo tuyo y en tu amigo.

CONTEMPLATIO
Te invito a que escuchar a Jesús, acoger sus palabras, rumiarlas lentamente, dejarte interpelar, manifiesta en la oración tus sentimientos y tus actitudes. Pon delante de Él lo que te resulta escandaloso de la Iglesia, de la sociedad, de tu persona, lo que te produce escándalo y que no puedes aceptar, pero aprende a discernirlo a través de los ojos de Jesús.
También pon delante de Jesús tu historia que es la resultante de las opciones que para bien o para mal has hecho o de las decisiones que, con acierto o desacierto, has tomado a lo largo de tu vida. ¿Cuáles son estas opciones, que como a Pedro en el Evangelio, han marcado un cambio en tu vida?

viernes, 14 de agosto de 2009

20º domingo ordinario, B (16 agosto 2009)


Texto Juan 6, 51-58.

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Yo soy el pan vivo, que ha bajado del cielo; el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo les voy a dar es mi carne, para que el mundo tenga vida”.

Entonces los judíos se pusieron a discutir entre sí: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”

Jesús les dijo: “Yo les aseguro: Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no podrán tener vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día.

Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí y yo en él. Como el Padre, que me ha enviado, posee la vida y yo vivo por él, así también el que me come vivirá por mi.

Este es el pan que ha bajado del cielo; no es como el maná que comieron sus padres, pues murieron. El que come de este pan vivirá para siempre”.

Cuando san Juan escribió el evangelio, la celebración eucarística era ya la Pascua en cada semana del pueblo de Dios: así se reunía, se formaba y se desarrollaba la comunidad. La eucaristía tenía esa dimensión comunitaria.

Lectura. En este Evangelio Jesús se define a si mismo como “el pan bajado del cielo”. Es un diálogo entre Jesús y los judíos. Es una discusión entre ellos: ¿Cómo puede este darnos a comer su carne? Es un rechazo de parte de ellos y la insistencia de Jesús en que El es el alimento y bebida enviados por el Padre. San Juan no nos cuenta la institución de la Eucaristía, sino que la presenta como un convivio, como una cena, donde comida y bebida son el cuerpo y la sangre del Señor. Esa imagen del banquete nos evocan sentimientos de comunión e intimidad, expresa nutrición y fortalecimiento de la vida, infunde esperanza del gozar juntos, es una celebración festiva, pone el acento en la vida y en la resurrección más que en la muerte. Pero sobre todo, nos coloca en la necesidad de “comer la carne” y en el “beber la sangre” y la consecuencias del “permanecer” y en el “vivir” en Jesús. Cuando san Juan escribió el evangelio, la celebración eucarística era ya la Pascua en cada semana del pueblo de Dios: así se reunía, se formaba y se desarrollaba la comunidad. La eucaristía tenía esa dimensión comunitaria.


Meditación: En este Evangelio Jesús se define a si mismo como “el pan bajado del cielo”. Así podemos experimentar el “pan de la vida” y lo confirma al mencionar unas ocho veces la acción del “comer”. Por eso los judíos primero “murmuran” y después “discuten”, “guerrean”, porque les parecía absurdo el hecho de comer la propia sangre del Señor. Así se hace evidente el sentido eucarístico, y con mucha fuerza “comer la carne” diverso del “comer el pan”: “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. Aquí pues san Juan nos habla de la eucaristía. Este sacramento está unido con la Palabra y con el anuncio de Jesús. Es la Palabra de Jesús que convertía los corazones, resucitaba los muertos y era capaz de transformar la naturaleza para hacer presente al Hijo de Dios, bajo los elementos del pan y del vino. Asumir la Palabra es condición indispensable para recibir el Cuerpo y la Sangre del Señor. “Quien come tiene vida”. Es condición absoluta, indispensable para tener vida. “Si no comen… no tendrán vida”. Es a través del sacramento de la Eucaristía donde la vida llega a ser “vida eterna”, en la “resurrección del último día”.

Oración: Oh admirable Misterio de la Carne, “el que come mi carne y bebe mi sangre” es la humanidad y divinidad de Jesús de Nazaret la que se entrega. Qué sobrecogimiento y también qué gozo ante un alimento tan sublime. Sólo Dios pudo haber inventado tan gran misterio. Oh Misterio de Fe, cuando desde la consagración de pan y del vino se dice: “Este es el sacramento de nuestra fe” la asamblea aclama: “Por tu cruz y resurrección nos has salvado Señor”; Oh Misterio de Fe, misterio de salvación. Sólo la mirada de fe penetra en el misterio de muerte y resurrección que se verifica cuando se consagra el pan y el vino para remisión de nuestros pecados y redención de nuestra pobre existencia. Oh Misterio de Amor, La Eucaristía es el último gesto de amor que Dios se inventó a favor de la humanidad. Es decir, se nos habla de permanecer en el Amor, ser poseídos por el Amor, En la medida en que la criatura humana ha experimentado un Amor que no sea puramente sensible y ha sido elevada a otras formas del amor estará mejor preparada para captar más fácilmente el Amor de Cristo Eucaristía. Un amor, presente en el pan eucarístico que la asamblea cristiana celebra y adora en la liturgia dominical con cantos y con himnos de alabanza y acción de gracias. El Amor merece ser celebrado públicamente para que nos contagie a todos y para testimoniarlo a los demás.


Contemplación. La eucaristía es la invitación a la fiesta en la que Cristo está al frente, que invita y preside, y juntamente es también comida puesta sobre la mesa para que sea “pan de vida”. Y así se aprende a quedarse lejos de todo mal y haciendo el bien, a buscar la paz y a ir tras ella. La necesidad de Cristo para salvarse es absoluta. Ninguno puede pensar de poder alcanzar la vida que está en Dios fuera de El y sin El. Por eso es necesario de manera absoluta ese encuentro a través del sacramento del bautismo y de la eucaristía.

El hambre y sed de Jesús se tiene normalmente en el hambre y en la sed de su cuerpo y sangre eucarísticos. Tener hambre y sed de El; rechazar el alimento es un mal signo, o es por enfermedad que anuncia muerte. Tenemos que hacer nacer hambre, apetito de El. La liturgia de la Palabra es el mejor aperitivo para la liturgia eucarística. Una liturgia donde se expresen los “sentimientos, himnos, cánticos espirituales, cantando con todo el corazón las alabanzas al Señor. Den continuamente gracias a Dios Padre por todas las cosas”.

Reflexionar sobre mi encuentro en la Eucaristía ¿es una necesidad o como obligación?

¿Considero la eucaristía como el centro para la vida de la Iglesia y del cristiano?

Es pues el tiempo de sentarse a la mesa, de tomar el puesto en el banquete preparado, no anhelemos las cebollas de Egipto. Participemos siempre con alegría, en fraternidad y en señal de amistad.



Feliz Día del Señor.

martes, 4 de agosto de 2009

19° domingo ordinario, B (09 agosto 2009)


Texto para leer y meditar:

Jn. 6, 41-51

LECTIO
Jesús continúa el discurso que había iniciado tras la multiplicación de los panes. De nuevo aparece la resistencia a creer, mediante una verdadera murmuración contra Dios y que tiene su punto de partida en un malentendido: no se puede arrogar orígenes superiores aquel de quien se conoce de dónde viene, cuál es patria y quién es su padre. La murmuración que suscitan sus palabras entre sus oyentes le confirma que no han sido llamados por Dios para vincularse a él: creen conocerle bien, pero Jesús no les reconoce como suyos; y es que la aceptación de sus palabras es el criterio básico para aceptarlos o bien para rechazarlos. La ironía no puede ser más sutil: verdaderamente lo conocen, pero no lo pueden reconocer porque no se les ha dado como regalo; sus objeciones confirman que Dios no los ha conducido hasta él. Sólo a quien Dios atrae, camina hacia Jesús: de ahí que quien se acerca a él, deba saberse movido y motivado por Dios: su movimiento hacia Jesús ha sido iniciado por Dios, por eso son sus “iniciados”, discípulos de Dios.
El Evangelio de hoy habla nuevamente sobre el pan del cielo, repitiéndose la comparación con el pan dado al Pueblo Hebreo en el desierto. Como el maná, Jesús viene del cielo; sólo el pan que baja de lo alto, Jesús en persona, garantiza la vida. De esta forma, la vida se relaciona con un pan que da la vida y que hay que comer. Aparece, un nuevo e inaudito dato en la revelación: de creer en él es necesario pasar a alimentarse de él; es decir de la fe a la comida; el modo de relacionarse con Cristo es ahora tan concreto como insólito.
Tras haberles saciado el hambre multiplicando el pan y haberles, después, recriminado que volvieran a buscarlo sólo porque andaban en búsqueda de pequeños prodigios, Jesús se presenta ante amigos y extraños, para sorpresa de todos, como el verdadero milagro: yo soy el pan bajado del cielo. A sus primeros oyentes semejante identificación tuvo que resultarles excesiva: no podían creerse que el inesperado donante, en la multiplicación de los panes, fuera también el don más anhelado; una cosa es procurar el pan, aunque sea de forma prodigiosa, a una muchedumbre hambrienta y otra, bien distinta, es presentarse uno mismo como alimento divino.

MEDITATIO
La multitud acudió en la búsqueda de alimento abundante y se encontraban con que, quien pudo un día procurárselo, se ofrecía ésta vez a sí mismo como pan; y, lo que es peor, creían conocerlo demasiado bien como para no esperar milagros de su parte; sabían sobre él tanto, como para no creerse lo que les estaba diciendo: un hombre cuyos padres son conocidos, no puede venir inventándose orígenes insólitos; no proviene del cielo aquel cuyos padres viven en la tierra.
Conocer tan bien a Jesús puede acarrear en el creyente la duda de fe en todo lo que le promete. La familiaridad con él y con su evangelio, puede hacerle al creyente dar por sabido todo lo que pueda decirle, y por imposible todo cuanto pueda prometerle. Por ser tan conocido, Jesús ha dejado de intrigarle al creyente y hasta de ilusionarle. El discípulo está perdiendo la ocasión de experimentar lo que tanto desea y más necesita, la satisfacción de sus necesidades, sólo porque le parece imposible que en Jesús tenga solución.
Jesús mismo apunta el motivo: “nadie puede venir a mí si no lo trae el Padre...Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende, viene a mí”. Y es que a Jesús se va sólo quien es enviado por Dios; no busca a Jesús quien quiere, sino quien es querido por su Padre, que es quien lo encamina hacia él. Dios no nos manda a Jesús sólo para calmar necesidades momentáneas, sino para calmar una necesidad fundamental: hacerse discípulo de Dios pondría a nuestro alcance el pan que tanto necesitamos; aprender lo que Dios quiera enseñarnos nos descubriría que tenemos en Jesús no ya el pan de hoy, que asegura la subsistencia, sino la vida para siempre.
Los que encuentran en Jesús el Pan de vida es que han vivido a la escucha de Dios, de su voluntad y en su escuela.
Más que con necesidades que cubrir, tenemos que buscar a Jesús con la confianza de encontrar en Él más de lo que habríamos sospechado. Para lograrlo necesitamos menos conocimiento y más fe. La fe y la confianza entre los hombres y con Dios sólo pueden esperarse por amor; es Jesús quien nos lo ha recordado: “nadie viene a mí si no lo trae mi Padre”: creer que Jesús es la solución a nuestros problemas y entregarse a él con todos nuestros problemas, no es algo que nazca de nuestra necesidad; surge, más bien, de la necesidad que Dios siente de ponernos en las manos de su Hijo. Quiere decir que Jesús ya nos está esperando antes de que sintamos necesidad de Él; antes de que pensemos en Él, Él ya ha pensado en nosotros; nuestra fe, la opción de seguir a Jesús y quedarse con Él, es, pues, reflejo y efecto de la fidelidad que Dios mantiene con nosotros.

ORATIO
Creo en Ti, Padre Bueno que nos llamas y mostrándonos a tu Hijo nos llevas a creer en Él; y creo en tu Hijo Jesús que es el Pan bajado del cielo, el alimento de nuestras vidas.
Que sepa descubrir, Señor, que tu Padre está al inicio de mi vida y de mi fe, sólo Él es quien me ha llamado y me hace conocer los secretos que encuentro en la experiencia de encuentro contigo. Y siendo elegido y querido por el Padre, buscaré ser discípulo de su Hijo.
Ésta es la voluntad del Padre, descubrirlo y hacer su voluntad; descubriendo que mi necesidad más fundamental puede ser saciada solamente en Jesús. El es el Pan de Vida que asegura la vida para siempre.
Enséñame, Señor a estar siempre a la escucha de tu Palabra y en docilidad a tu voluntad y encontrar en Jesús el Pan que da la vida.

CONTEMPLATIO
Saberme fruto del Amor de Dios y llamado a alimentarme de su Palabra, de su Pan. Sentirme amado y alimentado en el amor.