jueves, 13 de octubre de 2011

29° domingo ordinario, A (16 octubre 2011)

Texto evangélico para meditar y rezar: 
Mateo 22, 15-21 

En aquel tiempo, se reunieron los fariseos para ver la manera de hacer caer a Jesús, con preguntas insidiosas, en algo de que pudieran acusarlo. Le enviaron, pues, a algunos de sus secuaces, junto con algunos del partido de Herodes, para que le dijeran: “Maestro, sabemos que eres sincero y enseñas con verdad el camino de Dios, y que nada te arredra, porque no buscas el favor de nadie. Dinos, pues, qué piensas: ¿Es lícito o no pagar el tributo al César?” Conociendo Jesús la malicia de sus intenciones, les contestó: “Hipócritas, ¿por qué tratan de sorprenderme? Enséñenme la moneda del tributo”. Ellos le presentaron una moneda. Jesús les preguntó: “¿De quién es esta imagen y esta inscripción?” Le respondieron. “Del César”. Y Jesús concluyó: “Den, pues, al César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios”. 

Lectura (qué dice el texto): lee atentamente el texto las veces que sea necesario hasta que logres distinguir los personajes y sus relaciones, los verbos principales y la situación señalada con su antes y su después. 
El párrafo evangélico forma parte de un grupo de “controversias”, en las cuales los adversarios de Jesús tratan de ponerlo en dificultades para presentarlo como sospechoso ante las autoridades políticas y religiosas de su tiempo y hacerlo aparecer mal e impopular ante la gente más simple que tenía simpatía por el profeta de Nazareth. Ésta controversia es de carácter típicamente político, por lo mismo explosiva y comprometedora. Jesús reconoce en seguida la malicia de sus interlocutores: al servirse de la moneda para satisfacer los tributos, están reconociendo, de hecho, una autoridad. Lo importante no es objetar un poder que no es duradero y que, en realidad, están manteniendo, sino mantenerse sujetos al poder soberano de Dios. Quien se sabe deudor de Dios, no le pesan mucho las demás deudas que mantenga; ser ciudadano del Reino no le libra de ser súbdito del César; pero Dios y su Reino van siempre en primer lugar. Ante una situación así, se capta lo insidioso de la pregunta que se le plantea a Jesús “¿Es lícito o no pagar tributo al César?”. Se le presentaba a Jesús un dilema del cual parecía no poder zafarse. Jesús sin embargo, no se deja encajonar. Aprovecha el juego “provocador” de sus adversarios para dar una lección de alto comportamiento religioso y político; en lugar de dividir, reconcilia al hombre con las razones más profundas de su vivir. Las dos cosas deben estar juntas para alcanzar sus fines propios a beneficio del hombre, que es ser indivisible. 

Meditación (lo que te dice Dios desde el texto): desde el texto busca lo que Dios te dice para tu vida ordinaria. 
En pocas palabras y con mucho sentido común, Jesús resuelve una cuestión espinosa. Los que preguntaban sobre el tributo bien sabían que estaban urdiéndole una trampa. De haber respondido afirmativamente, habría merecido el desprecio de sus oyentes, más patriotas y la condena de los piadosos; tanto unos como otros no querían reconocer más soberano que Dios. Si por el contrario su respuesta hubiera sido negativa, habría podido ser presentado ante las autoridades como un peligroso agitador social. Lo importante no es objetar un poder que no es duradero, que ellos mismos están manteniendo con su obediencia; sino más bien, saberse sujetos a Dios, cuya soberanía ni se sustenta con cuanto le damos, ni desaparece porque se la neguemos; poco tiene que ver la obediencia a la autoridad con el servicio de Dios. La libertad de Jesús con respecto a los problemas sociales no es fruto de su indiferencia, sino consecuencia de su pasión por Dios y su Reino.; a quien se sabe deudor de Dios no le pesan demasiado las otras deudas que mantenga, por graves que sean; ser ciudadano del Reino no libra a nadie de ser súbdito del César; pero Dios y su Reino van siempre en primer lugar. 

Oración (lo que tú le dices a Dios): desde tu vida iluminada por el texto háblale a Dios. 
Padre Bueno, Gracias por el gran regalo de tu presencia, de tu compañía y de tu Amor que es tan grande que nos sentimos endeudados, pues sólo de Ti lo hemos recibido todo y lo que Tú nos das es lo máximo que podemos esperar en la persona de tu Hijo Jesús. Así, cualquier otra obligación que tengamos en la vida, nos invita a cumplir, pero no nos puede esclavizar a vivir endeudados para siempre. El único compromiso de deuda es contigo, pues de Ti lo hemos recibido todo. Ésta es la libertad que nos enseña Jesús, es la libertad de los Hijos de Dios, que se saben deudores de Dios y no le pesan demasiado las otras deudas que mantenga en los compromisos de su vida. 

Contemplación: haz silencio en lo más íntimo de tu corazón y desde allí agradece, adora, alaba y bendice a Dios; ofrécele cambiar en algo para bien tuyo, de los demás y gloria de Él. En esta semana experimenta como lo hizo Cristo Jesús, a sentirte llamado a dar su lugar a las cosas y liberarte de cualquier ídolo, adoración, o amor que impidan saberte deudor sólo de del Dios. El Señor te bendiga. 

La Paz con ustedes.

jueves, 6 de octubre de 2011

28° domingo ordinario, A (9 octubre 2011)

Texto evangélico para meditar y rezar:
Mateo 22, 1-14

En aquel tiempo, volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: “El Reino de los cielos es semejante a un rey que preparó un banquete de bodas para su hijo. Mandó a sus criados que llamaran a los invitados, pero éstos no quisieron ir. Envió de nuevo a otros criados que les dijeran. ‘Tengo preparado el banquete; he hecho matar mis terneras y los otros animales ordos; todo está listo. Vengan a la boda’. Pero los invitados no hicieron caso. Uno fue a su campo, otro a su negocio y los demás se les echaron encima a los criados, los insultaron y los mataron. Entonces el rey se llenó de cólera y mandó sus tropas, que dieron muerte a aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego les dijo a sus criados: ‘La boda está preparada; pero los que habían sido invitados no fueron dignos. Salgan, pues, a los cruces de los caminos y conviden al banquete de bodas a todos los que encuentren’. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos, y la sala del banquete se llenó de convidados. Cuando el rey entró a saludar a los convidados vio entre ellos a un hombre que no iba vestido con traje de fiesta y le preguntó: ‘Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin traje de fiesta?’ Aquel hombre se quedó callado. Entonces el rey dijo a los criados: ‘Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y la desesperación. Porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”. 

Lectura (qué dice el texto): lee atentamente el texto las veces que sea necesario hasta que logres distinguir los personajes y sus relaciones, los verbos principales y la situación señalada con su antes y su después. 
La parábola de este domingo hace un compendio de las relaciones de Dios con su pueblo. La primera parte narra la doble invitación a la boda y el rechazo de los invitados; resalta la paciencia de Dios con el antiguo pueblo rebelde, pero también la desastrosa consecuencia del rechazo. Hay hasta tres invitaciones a participar en la boda y la última está dirigida a todos, buenos y malos, que forman el nuevo pueblo. La última parte del relato presenta el juicio severo del rey contra un comensal que no llevaba el vestido de fiesta. Esta parábola está dirigida nuevamente a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. El banquete nupcial, que representa el Reino de Dios, es una imagen bíblica bien conocida. Y en el relato se dan hechos muy desconcertantes que asumen un significado alegórico y teológico: El rey que prepara “la boda para el hijo”; es Dios que celebra la alianza con los hombres mediante la misión de Cristo. El hijo no es el protagonista en el conjunto del relato; pero es a su boda que los hombres son invitados. El verbo “llamar”, invitar, es usado ocho veces en el relato. La invitación expresa el grande honor que Dios hace a Israel; ya que todos los miembros del pueblo elegido son convocados. A pesar del rechazo de los primeros y de su mal comportamiento con los enviados, el banquete está siempre listo, porque la actitud negativa de algunos no quita la buena y libre intención del rey. “Buenos y malos” son los invitados y esto es una característica expresión oriental que designa la totalidad. Todos pueden entrar en el Reino, a ninguno se le excluye, ya que la sala de la boda, debe estar llena. Esta llamada que viene de Dios es un momento decisivo para la vida del hombre; la aceptación de la invitación no puede ser rechazada, porque todo está listo, todo está preparado y no se espera más que la presencia de los convidados. Los primeros invitados no se interesan de la invitación divina y se muestran indiferentes; los intereses económicos y personales prevalecen sobre el deber y sobre la alegría de la fiesta nupcial. El hombre que ha entrado gratuitamente en la sala de bodas no es considerado digno por la falta de vestidos adecuados. No se ha puesto en la condición de participar en modo digno a la invitación del convite real; le faltaba el ejercicio de la justicia, la purificación, una verdadera conversión. La escena del convivio se transforma al final en un proceso judicial y el veredicto del rey se expresa mediante una imagen apocalíptica, que hace mención al castigo eterno. El haber entrado en la sala nupcial no nos asegura la garantía de la salvación: es necesario convertirse, estar vigilantes y practicar la justicia: Cada uno de los que han sido invitados al Reino es puesto en guardia contra una superficial respuesta a la invitación de Dios. 

Meditación (lo que te dice Dios desde el texto): desde el texto busca lo que Dios te dice para tu vida ordinaria La parábola de la boda real proclama el comportamiento insólito de Dios. 
Nada hay más importante para Él que su alegría. Sólo porque los invitados no acudan, la fiesta no ha de posponerse. Esto manifiesta con mayor claridad el asombroso deseo del rey de celebrar las nupcias y por la gratuita invitación que hace a los ociosos de los cruces de los caminos. Que Dios desee compartir la fiesta, le lleva a no poner demasiadas condiciones previas; pero ello no le impide exigir de sus invitados un mínimo de respeto: la participación en el banquete es inmerecida, pero la asistencia a él obliga a no aprovecharse de la fiesta sino a aceptarla y a vestirse para ella. No se merece la alegría de su Señor quien no cambia de hábito y se reviste de alegría. Como aquel rey a quien se le casa un hijo, nuestro Dios tiene ganas de fiesta y compartir con sus amigos la alegría, y porque no sabe guardarse su alegría para unos pocos, sus más íntimos, invita a todos los que cree sus súbditos. Y es curioso que quienes no se hubieran atrevido a rechazar una orden de su rey, en este caso los importantes del pueblo de Israel como son los sumos sacerdotes y los ancianos, se negaron a seguir su deseo. Solo porque no se les había impuesto; desobedecieron más fácilmente un deseo de su rey que una orden. Los primeros invitados no quisieron unirse al gozo de su rey, por miles de excusas, y se pasan la vida sin probar las alegrías de Él; porque de Él sólo aceptan sus órdenes y no sus ruegos: quien vive sólo para obedecer, aunque se desviva en ello, no dejará nunca de ser un criado; quien en cambio comparte el gozo de su Señor, se convertirá pronto en su íntimo; el siervo obedece más y mejor que el amigo, pero es con los amigos con quienes compartimos vida e intimidad, deseos y proyectos. Como en la parábola, a Dios le molesta menos la desobediencia de siervos, que las desatenciones de los amigos. Porque ocupados en sus negocios, se despreocuparon de la fiesta de su Señor y de sus ganas de compartirla; pesaron más los asuntos ordinarios de su vida que el banquete extraordinario de su Señor. Pero el gozo no merecido exige un mínimo de respeto a sus invitados, impone un reconocimiento de la gracia: aceptar la compañía de Dios y su gozo ha de cambiar nuestros hábitos. No se merece la alegría de su Señor, quien no cambia de hábito y se reviste de alegría; sentarse a su mesa exige asentir su alegría. Si su invitación ni siquiera logra mudarnos de aspecto, en verdad que no merecería nuestro tiempo, ni Dios nuestras atenciones. Dios no es así: quiere de sus invitados una alegría que cambie sus vidas y sus hábitos. 

Oración (lo que tú le dices a Dios): desde tu vida iluminada por el texto háblale a Dios. 
Gracias, Padre Bueno, porque tienes intenciones de hacer fiesta y porque quieres hacernos patente tu invitación para la boda de tu Hijo. Lo que cuenta es el grande deseo que tienes de compartir con tus amigos, tus alegrías; de entrar a intimar con aquellos a quienes les tienes confianza y les das, no una orden, como a un siervo, sino una invitación como a unos amigos tuyos que son. Gracias, Señor, porque haces la invitación a todos; es un regalo de tu infinita bondad el acercarnos al banquete de bodas de tu Hijo, y el compartirnos íntimamente tu alegría y tu sentido de fiesta. Gracias, Padre, porque sin merecerlo de nuestra parte, pues somos tus siervos, ahora nos has elegido a la dignidad de amigos con los cuales quieres compartir tu alegría y la fiesta de tu Hijo. Aceptar tu invitación y compartir tu gozo y alegría, me exige cambiar mis hábitos y revestirme de alegría. Sentarme a la mesa de un Dios alegre, exige asentir su alegría. Y es que Tú, Dios, quieres de tus invitados una alegría que cambie sus vidas y sus hábitos. 

Contemplación: haz silencio en lo más íntimo de tu corazón y desde allí agradece, adora, alaba y bendice a Dios; ofrécele cambiar en algo para bien tuyo, de los demás y gloria de Él.
Me sé consolado cuando Dios Padre se ha fijado en mí para hacerme partícipe de la fiesta de su Hijo. Pero me siento indigno por no llevar el vestido adecuado a la misma. Y también me siento contemplado por Dios en mi vestimenta. Sintámonos invitados al banquete de ser misioneros del Reino en nuestro mundo, al participar en su fiesta. Octubre mes de las misiones y del Rosario. El Señor te bendiga. 

La Paz con ustedes.

jueves, 29 de septiembre de 2011

27° domingo ordinario, A (2 octubre 2011)

Texto evangélico para meditar y rezar:
Mateo 21, 33-43 

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo esta parábola: “Había una vez un propietario que plantó un viñedo, lo rodeó con una cerca, cavó un lagar en él, construyó una torre para el vigilante y luego lo alquiló a unos viñadores y se fue de viaje. Llegado el tiempo de la vendimia, envió a sus criados para pedir su parte de los frutos a los viñadores; pero éstos se apoderaron de los criados, golpearon a uno, mataron a otro y a otro más lo apedrearon. Envió de nuevo a otros criados, en mayor número que los primeros, y los trataron del mismo modo. Por último, les mandó a su propio hijo, pensando: ‘A mi hijo le respetarán’. Pero cuando los viñadores lo vieron, se dijeron unos a otros: ‘Este es el heredero. Vamos a matarlo y nos quedaremos con su herencia’. Le echaron mano, lo sacaron del viñedo y lo mataron. Ahora, díganme: cuando vuelva el dueño del viñedo, ¿qué hará con esos viñadores? Ellos le respondieron: “Dará muerte terrible a esos desalmados y arrendará el viñedo a otros viñadores, que le entreguen los frutos a su tiempo”. Entonces Jesús les dijo: “¿No han leído nunca en la Escritura: La piedra que desecharon los constructores, es ahora la piedra angular. Esto es obra del Señor y es un prodigio admirable? Por esta razón les digo que les será quitado a ustedes el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que produzca sus frutos”. 

Lectura (Lectio: qué dice el texto): lee atentamente el texto las veces que sea necesario hasta que logres distinguir los personajes y sus relaciones, los verbos principales y la situación señalada con su antes y su después. 
esús está en Jerusalén y enseña en el templo con una autoridad reconocida por el pueblo, pero no así por los sumos sacerdotes, escribas y fariseos, y es a ellos a quienes se refiere la parábola. Se nota que la relación es áspera. Jesús les habla en términos agrícolas conocidos por todos y significativos por su contenido respecto a la relación de Dios con su pueblo, considerado desde antiguo la “viña del Señor”. Esta parábola podemos dividirla en varias partes: primero el dueño prepara su viñedo y lo renta a unos labradores para que lo cuiden; luego les pide en el tiempo oportuno y a través de mediadores lo que le toca de la cosecha de su propio terreno y su propio viñedo, pero dos veces se niegan a dar lo que corresponde al dueño y hasta maltratan y matan a los enviados; como último recurso envía a su hijo, pensando que lo respetarán y actuarán juiciosamente, pero lo sacan de la viña y lo matan pensando en quedarse como herederos del viñedo. Acabada la parábola Jesús cuestiona a sus auditores, o sea los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo, los que con su respuesta señalan su inapropiado comportamiento y mencionan su propia condenación. Jesús, refiriendo a sí mismo un conocido pasaje de la Sagrada escritura, les acusa franca y abiertamente de querer quedarse con lo que nos les pertenece al rechazar al dueño y a su mismo hijo. Luego dicta la sentencia: el cuidado del Reino de Dios que se les había confiado les será quitado y se le entregará a un pueblo que sí lo cuide y a tiempo produzca la debida cosecha para entregarla. 

Meditación (Meditatio: lo que te dice Dios desde el texto): desde el texto busca lo que Dios te dice para tu vida ordinaria. 
Hemos venido reflexionando varios domingos sobre el tema de la Viña: la invitación a trabajar todos en la viña, después aquellos dos hijos que son invitados a ir a la viña y ahora este pasaje. Este texto recuerda el hermoso poema de la viña del capítulo 5º de Isaías y nos deja ver un claro reclamo de Dios a quienes, habiéndonos confiado la construcción y cuidado del Reino, no hemos rendido los frutos esperados sino que, al contrario, hemos ofrecido resistencia a la voluntad del dueño de la viña y hasta nos hemos querido quedar con ella a la fuerza y sin merecerla, hemos querido quedarnos con lo que bondadosamente se nos prestó y para nada nos pertenece, desconociendo que sólo Dios es dueño. Lo mismo que a Israel, a nosotros que formamos la Iglesia, se nos ha confiado la construcción del Reino de Dios y si no rendimos a tiempo los frutos esperados y comenzamos a sentirnos dueños se nos retirará esa confianza y ese cuidado para ofrecerlo a quienes sí respondan como servidores y constructores y no como dueños. Lo mismo podemos aplicarlo, en menor escala, a comunidades y a familias concretas, todo se nos ha confiado para que lo construyamos y lo cuidemos conforme a la voluntad del dueño. Por lo tanto de nada ni de nadie somos dueños, sólo Dios es dueño de todo y de todos, lo mismo que su Hijo. Actuar con pretensiones y del modo que no nos corresponde es desconocer y echar a perder nuestra verdadera misión allí donde el verdadero dueño nos ha confiado. También nos hace reflexionar sobre el cómo aceptamos a su Hijo o lo rechazamos. 

Oración (Oratio: lo que tú le dices a Dios): desde tu vida iluminada por el texto háblale a Dios. 
Dios y Padre bueno, tú eres nuestro Señor, nuestro bien, nuestro dueño y nuestro todo. A ti te alabamos y te damos gracias por la confianza depositada en nuestra Iglesia, en nuestras comunidades y en nosotros para construir, extender y cuidar tu Reino, el mismo por el que tu Hijo Jesús dio la vida y nos lo dejó como tarea. Tú eres el dueño y nosotros somos tus trabajadores. No permitas que busquemos interesada y torpemente sentirnos o querer hacernos dueños. Danos tu Espíritu para que reconozcamos a Jesucristo tu Hijo, y que en todo lo que emprendamos pongamos a tu Hijo Jesús como piedra angular del Reino. Que seamos esos trabajadores que buscamos dar fruto y construir el Reino; jamás permitas que nos desviemos y para que el cuidado del Reino no nos sea quitado. Señor dueño nuestro que sigamos mereciendo la confianza que ya una vez nos has tenido. 

Contemplación (Contemplatio): haz silencio en lo más íntimo de tu corazón y desde allí agradece, adora, alaba y bendice a Dios; ofrécele un cambio en tu vida para bien tuyo, de los demás y gloria de Él. Y trabaja con responsabilidad por el Reino. Hemos comenzado el mes del rosario y el mes de las misiones. Oremos por todos los misioneros y misioneras; y lo mismo pidamos para que el Señor de la mies haga nacer en muchos jóvenes esta vocación para servir a su Iglesia. 

La Paz con ustedes.

viernes, 23 de septiembre de 2011

26° domingo ordinario, A (25 septiembre 2011)

Texto a meditar, orar y vivir: 
Mateo 21, 28-32. 

En aquel tiempo, Jesús dijo a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: “¿Qué opinan de esto? Un hombre que tenía dos hijos fue a ver al primero y le ordenó: ‘Hijo, ve a trabajar hoy en la viña’. Él contestó: ‘Ya voy, señor’, pero no fue. El padre se dirigió al segundo y le dijo lo mismo. Este respondió: ‘No quiero ir’, pero se arrepintió y fue. ¿Cuál de los dos hizo la voluntad del padre?” Ellos le respondieron: “El segundo”. Entonces Jesús les dijo: “Yo les aseguro que los publicanos y las prostitutas se les han adelantado en el camino del Reino de Dios. Porque vino a ustedes Juan, predicó el camino de la justicia y no le creyeron; en cambio, los publicanos y las prostitutas, sí le creyeron; ustedes, ni siquiera después de haber visto, se han arrepentido ni han creído en él”. 

Lectura (Lectio): (lee atentamente el texto varias veces hasta identificar su estructura: personajes, verbos, lugares, relaciones entre ellos y el mensaje central).  
Para entender la Parábola hay que tener en cuenta la ocasión y el motivo que la provocó: Jesús había entrado en Jerusalén triunfalmente y se había presentado en el Templo donde había expulsado a los comerciantes, y se habían preguntado el origen de tal autoridad. Jesús acalla a los principales y las autoridades al preguntarles sobre el Bautista y su misión. El relato de esta parábola es sobrio, reducido a lo esencial y está construido sobre la oposición que existe entre los dos hijos de un Padre. Un padre dueño de una viña invita a sus dos hijos a trabajar en su propiedad. El primer hijo le demuestra un religioso respeto hacia su padre llamándolo “señor”, y por esto digno de ser escuchado y aunque con mucha cortesía dice que sí, al final termina no yendo a la viña. El otro hijo, por el contrario respondiendo secamente y en forma negativa, cambia de pensamiento y va finalmente a trabajar en la viña. El arrepentimiento de éste hijo es lo importante. Pero la parábola se construye también sobre la oposición que existe en tiempos de Jesús sobre las dos categorías de hombres en las cuales está dividida la sociedad según el pensamiento religioso judío: por una parte están los elegidos, miembros del pueblo de Dios que responden positivamente a la llamada del Reino, pero solamente de palabras; y por otra parte los indiferentes y pecadores, que no observan la ley de Moisés y lo que prescriben los rabinos. Los miembros de ambos grupos son hijos de Dios: Pero si los primeros se sienten convencidos de estar en el único y verdadero camino porque son observantes de los mandamientos de Dios; se diferencian de los segundos que son transgresores de la voluntad de Dios tan sólo como lo señala el párrafo evangélico, por no tener necesidad de conversión al descubrir la voluntad de Dios en la enseñanza de Jesús. 

Meditación (Meditatio): (saca del texto aquello que Dios nos dice a todos y te dice a ti en tu propia realidad). 
En el evangelio de hoy, Jesús ha querido reflejar el drama de Dios con nosotros, sus hijos: también Él tiene hijos que se conforman con decirse dispuestos a obedecerle, e hijos que, tras haberse muchas veces negado, acaban por hacer lo que de ellos quiere. Y es aquí donde tiene sentido la preferencia de Dios por los malos aparentemente y la prioridad de que gozarán en su Reino sobre los aparentemente buenos. Este es el centro del Evangelio de hoy: los que todos reconocen como pecadores entrarán en el Reino de Dios antes que los que todos estimaban como ‘santos’, ‘buenos’. Y es que delante de Dios no nos hacen mejores hijos las obras que le hayamos prometido, solo de palabra, por buenas que sean sino las que ya hemos realizado, aunque no sean las mejores. Dios dejará pasar todas nuestras anteriores negaciones, siempre que, al final, terminemos por hacer lo que desea de nosotros. Ninguno es demasiado bueno para Dios por lo que dice; será bueno de verdad, tan sólo quien haga su voluntad. 

Oración (Oratio): desde el texto y desde tu vida háblale y respóndele a Dios.  
Señor, quieres que cumplamos tu Palabra. La única que conduce a la Vida. Pero decimos y no hacemos. Haz que cambiemos, que nos convirtamos, para hacer lo que tú nos invitas. Que nunca nos consideremos de los ‘buenos’… pero que no hacen tu voluntad. Señor, ayúdanos a trabajar en tu Viña, para que seamos hijos obedientes a tu Palabra. 

Contemplación (Contemplatio): haz silencio y en lo más hondo de tu corazón adora, alaba y bendice a Dios que te habla y te invita a trabajar en su reino, a descubrir su querer. Dios te siga invitando a trabajar por su Reino, en su Viña, te bendiga y te guarde de todo mal, porque te mira siempre con amor. 

Feliz semana junto con los tuyos. La Paz con ustedes.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

25° domingo ordinario, A (18 septiembre 2011)

Texto evangélico para meditar y rezar:
Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: “El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo al medio día y a media tarde e hizo lo mismo. Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos les respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. El les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’. Al atardecer, el dueño de la viña le dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta llegar a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno. Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’. Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’ De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos”.

Lectura (qué dice el texto): lee atentamente el texto las veces que sea necesario hasta que logres distinguir los personajes y sus relaciones, los verbos principales y la situación señalada con su antes y su después. 
La parábola de los viñadores la escribe sólo San Mateo. Jesús está yendo desde Galilea a Jerusalén. Y Jesús les cuenta a sus discípulos esta parábola para explicarles el Reino de los Cielos. La primera parte nos dice como el amo de la viña contrata trabajadores para su viña en diferentes horas del día. La segunda parte cuenta como el mismo amo paga a los trabajadores, con esta particularidad, es el mismo pago para todos: un denario. Nos hace ver que el amo es justo y generoso. La imagen de la viña era ya frecuente en el Antiguo Testamento, puesto que es como un símbolo del pueblo de Israel. Es un lenguaje lleno de sorpresas por parte del dueño de la viña. Quiere decir: Dios llama a trabajar en su Reino a todas horas. Y a los que se empeñen por trabajar en su Reino recibirán el premio de la bondad del mismo Dios.

Meditación (lo que te dice Dios desde el texto): desde el texto busca lo que Dios te dice para tu vida ordinaria. 
Esta parábola nos ayuda a meditar el comportamiento de Dios. Es un Dios que quiere ser bueno con todos, en el que no valen los privilegios, ni méritos en su presencia; que da a todos por igual, con un procedimiento fuera de lo común, porque lo que interesa es la bondad; precisamente porque se lo da a quienes no lo merecen. Ante el Dios de Jesús, quien se crea con derechos, se verá confundido; Dios no es justo para ser bueno con unos pocos: es bueno con todos, porque concede sus dones sin fijarse en el momento que invita. Es lo escandaloso de la parábola al recibir algunos desiguales reciben igual. Es el amor de Dios que crea igualdad, y produce comunión plena. El propietario que contrata y se pasa todo el día contratando obreros para su viña nos hace descubrir el empeño expreso de nuestro Dios para que no haya ociosos en su Reino.

Oración (lo que tú le dices a Dios): desde tu vida iluminada por el texto háblale a Dios. 
Señor de la Viña que no quieres que ninguno se quede sin trabajar en el Reino de los Cielos y que invitas a todas horas y que haces ver tu bondad para con todos sin distinción, que te muestras generoso y bueno para con todos. Señor nos invitas a participar en el Reino de los Cielos, todos los días; y siempre muestras que eres un Dios lleno de bondad y generosidad para con todos. Haz que nos dispongamos, que aceptemos esta invitación de trabajar por tu Reino.

Contemplación: haz silencio en lo más íntimo de tu corazón y desde allí agradece, adora, alaba y bendice a Dios; ofrécele cambiar en algo para bien tuyo, de los demás y gloria de Él. En esta semana contempla como el Señor quiere que trabajes en su Reino y a procurar su Reino. Aprende de la bondad de Dios, que es bueno con todos, sin excepción. Al celebrar estas fiestas Patrias, trabajemos en todo momento por extender el Reino de Dios anunciado por Cristo y, así, hagamos un México más fraterno, más justo y solidario.

El Señor les bendiga; oraciones y saludos.
La Paz con ustedes.

lunes, 12 de septiembre de 2011

24° domingo ordinario, A (11 septiembre 2011)

Texto evangélico para meditar y rezar:
Mateo 18, 21-35 

En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?” Jesús le contestó: “No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete”. Entonces Jesús les dijo: El Reino de los cielos es semejante a un rey que quiso ajustar cuentas con sus servidores. El primero que le presentaron le debía muchos millones. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su mujer, a sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El servidor, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’, El rey tuvo lástima de aquel servidor, lo soltó y hasta le perdonó la deuda. Pero, apenas había salido aquel servidor, se encontró con uno de sus compañeros, que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba, mientras le decía: ‘Págame lo que me debes’. El compañero se le arrodilló y le rogaba: ‘Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo’. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: ‘Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti? Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía. Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes si cada cual no perdona de corazón a su hermano” 

Lectura (Lectio: qué dice el texto): lee atentamente el texto las veces que sea necesario hasta que logres distinguir los personajes y sus relaciones, los verbos principales y la situación señalada con su antes y su después. 
Una pregunta de Pedro a Jesús sobre las veces que hay que perdonar a quien nos ofende produce una respuesta contundente y hasta ejemplificada. Jesús afirma categórico que hay que perdonar no sólo “muchas veces”, sino “siempre”. Jesús ratifica su sentencia al modo oriental, con una comparación que pone al centro el Reino de los Cielos. La comparación tiene como protagonistas a un rey y dos siervos deudores. Y el diálogo es muy semejante para uno y para el otro. Un primer servidor le adeudaba muchos millones, no tenía con qué pagar y sólo podría hacerlo si eran vendidos él, su mujer, sus hijos y todos sus bienes, al modo de aquel tiempo. La súplica profunda del siervo movió la compasión del rey y éste le perdonó toda la deuda. Un segundo servidor le adeudaba poco dinero al siervo que había sido perdonado de su deuda millonaria y éste con exigencia agresiva le pedía que le pagara lo que le debía bajo amenaza de enviarlo a la cárcel. El segundo deudor de rodillas suplicaba paciencia y compasión, como el primero lo había hecho, pero no fue escuchado y sí fue enviado a la cárcel hasta que pagara todo lo que debía. Los testigos de lo ocurrido indignados fueron al rey y le contaron lo que sucedió. El rey llamó al siervo malvado y le cuestionó diciéndole: “¿No debías haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Dicho esto lo entrega a los verdugos para que no sea soltado hasta que pague. Concluye Jesús su relato afirmando que “lo mismo hará el Padre celestial con aquellos que no perdonen de corazón a su hermano”. 

Meditación (Meditatio: lo que te dice Dios desde el texto): desde el texto busca lo que Dios te dice para tu vida ordinaria. 
Todos estamos conscientes de que en la vida ordinaria cometemos o nos cometen todo tipo de ofensas: en la familia, en los grupos de amigos y de trabajo, en la comunidad eclesial y social, por lo tanto el tema no es raro sino muy real y cotidiano. Ya en tiempos de Jesús la ley decía que se podía perdonar hasta tres veces, solamente… La respuesta de Jesús, que inaugura el nuevo Reino de Dios y la nueva ley con su persona y su mensaje, se opone a la antigua ley del talión: al “ojo por ojo y diente por diente”. Una persona buena y sensata como Pedro (y como nosotros) sabe que se puede y debe perdonar algunas veces, pero el problema es saber “cuántas veces”, de tal modo que esos arranques nuestros de calculador perdón nos permitan seguir dentro de las leyes de la religión y de la tranquilidad de la conciencia. Seguramente ni Pedro ni nosotros esperamos la respuesta de Jesús, y menos estamos dispuestos a seguirla, pero aquí viene la luz de la parábola. Por lo visto todos los siervos eran deudores, y si al que más debía se le perdonó todo, a todos los demás igual se les perdonaría porque una primera súplica ya había abierto el corazón compasivo del rey. Así que aprendiendo de él los demás habrían de ser igualmente compasivos con sus compañeros, dado que ya no había deudas. Pero la lógica se rompe cuando uno no entiende como gracia el haber sido perdonado de todo y se porta de modo justiciero e incriminatorio con quien le adeuda poco. El problema del siervo “malvado” no está en ser deudor, porque todos somos deudores, quién más quién menos, sino en no haber aprendido a perdonar como él fue perdonado, de modo compasivo y misericordioso. Por eso, cuando nosotros no perdonamos y vivimos con rencores que pudren el alma y amargan la vida, lo que hacemos es mostrar que diferimos del pensar y sentir de Jesús, de Dios; que nos ganan la soberbia y el orgullo, y negamos rotundamente la necesidad de Dios y de su perdón, aparentando que somos buenos y perfectos, muy apegados a la “ley”, como los fariseos, pero no a Dios, Padre misericordioso. Por eso hay que aprender de Dios a perdonar siempre y de corazón a nuestro hermano, desde esta actitud se comienza a vivir “en el cielo”, porque se vive en Dios. 

Oración (Oratio: lo que tú le dices a Dios): desde tu vida iluminada por el texto háblale a Dios. 
Dios y Padre Bueno, la Palabra de tu Hijo sobre el perdón nos muestra la manera de vivir para todos aquellos que siguen a Jesús y por eso se nos hace simplemente imposible, un perdón sin límites nos parece impensable; y nunca lo comprenderemos porque nos encontramos llenos de soberbia e hipocresía y porque no nos hemos sentido pecadores, ni nos hemos dispuesto a arrojarnos a tus pies, pidiendo compasión y perdón. Por eso, enséñanos a reconocernos pecadores, para saber perdonar de corazón. Enséñanos a pedir y a desear tu perdón, Señor; y, también, a perdonar a quien me haya ofendido. Sabemos que tu perdón siempre estás dispuesto a concederlo, porque Tú, Señor, eres generoso. Quieres que nosotros tus hijos, tus hijas, aprendamos a serlo, dando y perdonando. 

Contemplación (Contemplatio): haz silencio en lo más íntimo de tu corazón y desde allí agradece, adora, alaba y bendice a Dios; ofrécele un cambio en tu vida para bien tuyo, de los demás y gloria de Él. Durante la semana, dispongámonos a arrodillarnos, ante el Señor Jesús para pedir perdón, y que estamos dispuestos a perdonar también a los demás. Este es el mejor camino para crear y vivir como hermanos en nuestra Patria, al celebrar las fiestas de nuestro querido México. 
Viva México y Santa María de Guadalupe. 

La Paz con ustedes.

jueves, 1 de septiembre de 2011

23° domingo ordinario, A (4 septiembre 2011)

Texto evangélico para meditar y rezar: 
Mateo 18, 15-20 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: “Si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano. Si no te hace caso, hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos. Pero si ni así te hace caso, díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano. Yo les aseguro que todo lo que aten en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desaten en la tierra, quedará desatado en el cielo. Yo les aseguro también que si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí estoy yo en medio de ellos”. 

Lectura (Lectio: qué dice el texto): lee atentamente el texto las veces que sea necesario hasta que logres distinguir los personajes y sus relaciones, los verbos principales y la situación señalada con su antes y su después. 
Este pasaje del evangelio se le llama el discurso eclesial donde Mateo recoge una serie de gestos, sentencias y parábolas que Jesús dice a sus discípulos, presentándonos el comportamiento de los fieles al interno de la comunidad cristiana; porque habla del hermano que había cometido una falta de mal ejemplo para toda la comunidad y es motivo de escándalo. Es el método que Jesús quiso que existiera para la corrección fraterna en la comunidad. El evangelio de Mateo introduce el tema del hermano que ha pecado y el modo de reconciliarlo con la comunidad. El pecado de la persona en la comunidad es una falta que ha provocado el mal ejemplo en la comunidad con el riesgo de escandalizar a los que están vacilantes en su fe dentro de ella. En este caso cada miembro de la comunidad tiene el deber de reprender fraternalmente al pecador, no tanto porque tome conciencia del mal cometido sino para que se enmiende y se convierta. La comunidad juega un rol importante. El evangelio de hoy muestra la práctica de la corrección fraterna y subraya en primer lugar el deber de buscar en cualquier modo la reconciliación con el hermano insistiendo sobre la aclaración y el diálogo, antes de llegar a la separación definitiva. Aún cuando la llamada de atención al pecador es severa de parte de la comunidad, debe siempre existir la preocupación de la salvación del hermano y la nostalgia de su regreso a la comunidad. Entre el pecado de un miembro y la vida de la comunidad existe una relación muy estrecha. Y así el motivo más profundo de la escucha de la oración de la comunidad es la misteriosa presencia de Cristo. Es gracias a la presencia de Jesús que en la Iglesia se crea la armonía, superando divisiones y conflictos que tienen su origen en el pecado y en el miedo. El lugar de la presencia de Dios que se revela en Cristo es la comunidad de creyentes reconciliados con Dios y reunidos en oración. 

Meditación (Meditatio: lo que te dice Dios desde el texto): desde el texto busca lo que Dios te dice para tu vida ordinaria. 
Muy pronto la comunidad tuvo que enfrentarse al hecho de la existencia del pecado en su interior. Descubierto el poder del pecado, los cristianos también reconocen el poder de la gracia. Jesús contó con que el pecado se haría presente en la vida de sus discípulos, no por ello se desanimó, en el camino de conversión de pecador que es oferta de perdón repetida con perseverancia, pero donde la libertad del pecador tenía que ser respetada. La comunidad cristiana tuvo que aprender a perdonar, porque tuvo que reconocer que el pecado era una realidad en su seno; y así el contacto con las faltas de sus miembros la convirtió a la misericordia. Jesús exige a sus discípulos que perdonen, pero también les muestra la forma como deberían hacerlo: con delicadeza, con tacto, con perseverancia. Pero también advierte Jesús por duro que parezca, que no habrá que considerar hermano al que persiste en su falta: a quien rehúsa el perdón ofrecido hay que rehusarle la convivencia fraterna. Y también no hay que olvidar que Jesús prometió que Dios escucharía la oración de quien, reunidos en su nombre, se habrían ocupado por recuperar al hermano caído, por acercarse al alejado de Dios para acercarlo a Dios. Como para hacernos notar que es la oración en común la que es importante. - Los temas que se nos proponen para meditar en este evangelio pueden ser los siguientes: la corrección fraterna, el diálogo, y la oración comunitaria. 

Oración (Oratio: lo que tú le dices a Dios): desde tu vida iluminada por el texto háblale a Dios. 
Señor Jesús, hoy nos descubres en tu Palabra tu Amor misericordioso que nos llega a través del perdón de la comunidad. Hoy descubrimos que somos pecadores y el pecado está presente en nuestras vidas; pero tu invitación es a que recorramos el camino de la conversión; así nos quieres perseverando por los caminos del perdón una y otra vez. Así nos quieres para que aceptemos que el perdón y la salvación nos vienen de Ti. Y descubrimos que no nos condenas por ser pecadores, pero tampoco quieres que vivamos en el pecado y menos que compartamos con los demás el pecado. Tú, Señor Jesús, nos dejas en libertad, nos invitas a vivir en comunión y a la aceptación de nuestras faltas y nos pides la humildad y reconocerte como nuestro Salvador. - Señor, Tú no quieres que nadie se pierda; lo buscas como el pastor busca a la oveja perdida; quieres que exista el entendimiento, el diálogo en la corrección entre hermanos; y que tengan la certeza que Tú estás presente cuando dos o más se reúnen para orar; Señor, ayúdanos a apreciar lo que enseñaste y practicaste. 

Contemplación (Contemplatio): haz silencio en lo más íntimo de tu corazón y desde allí agradece, adora, alaba y bendice a Dios; ofrécele cambiar en algo para bien tuyo, de los demás y gloria de Él. 
- Me consuela, tu preocupación por el que peca; me ilumina saber el método para corregirse entre los hermanos, como también lo que se consigue cuando estamos reunidos para pedir al Padre que está en los cielos y que Tú te haces presente; me invitas a decidirme a vivir esa forma de ser en el diálogo y en la corrección fraterna; haz que deposite más mi confianza en la oración comunitaria. 
- Me invitas a crecer en diálogo, humildad para aceptar la corrección fraterna, el sentido comunitario y de oración. Es una invitación a buscar, cueste lo que cueste, la unidad eclesial y el perdón al hermano, mediante el dialogo y el entendimiento. Esta semana ayuda a alguien que te rodea; tal vez lo que necesita es de tu tiempo, de tu corrección amable, de tu perdón fraterno, de tu atención esmerada; recuerda que si logras reconciliarlo con Dios, has encontrado la salvación para él y para Ti también. Dios les bendiga en todas sus actividades de esta semana. Saludos. 

La Paz con ustedes.