martes, 21 de octubre de 2008

Domingo 30° ordinario, A (26 octubre 2008)


Texto evangélico para meditar y rezar:
Mateo 22, 34-40

En aquel tiempo, habiéndose enterado los fariseos de que Jesús había dejado callados a los saduceos, se acercaron a él. Uno de ellos, que era doctor de la ley, le preguntó para ponerlo a prueba: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento, más grande de la ley?

Jesús le respondió: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primero de los mandamientos. Y el segundo es semejante a éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se fundan toda la ley y los profetas”.

Lectura: (qué dice el texto): lee atentamente el texto las veces que sea necesario hasta que logres distinguir los personajes y sus relaciones, los verbos principales y la situación señalada con su antes y su después.

Está Jesús y los fariseos y de entre ellos uno que se acerca a Jesús, era un doctor de la Ley; por lo tanto, uno que la conocía perfectamente. Y Jesús con esta respuesta tan sencilla, Jesús resume lo esencial de la Ley de Moisés, tomando unos textos de la misma Sagrada Escritura: (Dt 6,5); y (Lev 19,18.34), es una respuesta tomada del Antiguo Testamento y confirmada por Cristo: el primero de todos los mandamientos y de todos los deberes que tiene que observar toda persona es el Amor: el de amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todo el ser”. Después Jesús añadió: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Con esta respuesta nos presenta lo que es Evangelio, Buena Noticia, y confirma que el amor a Dios no puede separarse del amor al prójimo. Hasta se podría decir que los pone al mismo nivel. Sabemos que Jesús no responde solo con palabras. Su vida y su misión es expresión concreta de su amor a Dios y al Prójimo. El fue plenamente fiel a la voluntad del Padre y a las necesidades del pueblo.


Meditación: (lo que te dice Dios desde el texto): desde el texto busca lo que Dios te dice para tu vida ordinaria.

No podemos amar a Dios, a quien no vemos, si no amamos a nuestros prójimos que están en nuestra presencia. Sería un engaño y una simulación pretender amar a Dios y, al mismo tiempo, despreocuparnos de nuestros hermanos. Precisamente el amor a Dios se enciende, las más de las veces, cuando el espíritu humano -si es sincero- se encuentra de frente al sufrimiento y las necesidades de los demás. San Agustín tiene un texto admirable que comenta el evangelio de hoy: “El amor de Dios es el primero como mandamiento, pero el amor al prójimo es el primero como actuación práctica. Aquel que te da el mandamiento del amor en estos dos preceptos, no te enseña primero el amor al prójimo, y después el amor a Dios, sino viceversa. Pero como a Dios no lo vemos todavía, amando al prójimo tú adquieres el mérito para verlo; amando al prójimo tú purificas tu ojo para ver a Dios, como lo afirma san Juan: “Si no amas al hermano que ves, ¿cómo podrás amar a Dios a quien no ves? (1 Jn 4, 20). Si sintiendo la exhortación para amar a Dios, tú me dices: “muéstrame a aquel que debo amar”, yo no podría responderte sino con las palabras de san Juan: “Ninguno jamás ha visto a Dios” (Jn 1,8). Pero para que tú no te creas excluido totalmente de la posibilidad de ver a Dios, el mismo Juan dice: “Dios es amor. Quien permanece en el amor permanece en Dios” (1 Jn 4, 16). Tú, por lo tanto, ama al prójimo y mirando dentro de ti donde nazca este amor, en cuanto te es posible, verás a Dios” San Agustín. Tratado sobre san Juan Tratt. 17, 7-9. ¡Qué duda cabe que uno de los peligros que más nos asecha en la vivencia del cristianismo es el individualismo! Tratando de vivir la fe de un modo privado relegándola al íntimo de la conciencia y sin tener una expresión en la caridad práctica. Tenemos un modo concreto y a la mano para practicar el mandamiento del amor: las obras de misericordia, porque un día seremos juzgados por el amor, como lo narra el mismo Mateo en el capítulo 25, 31-45.


Oración: (lo que tú le dices a Dios): desde tu vida iluminada por el texto háblale a Dios.

Señor, las obras de misericordia espirituales nos invitan a instruir al ignorante, consolar al afligido, aconsejar al que duda, perdonar las injurias, sufrir con paciencia las adversidades. Nos preguntamos sinceramente: ¿practico estas obras espirituales? ¿Soy una persona que sé consolar, que sé salir al paso del ignorante, de ayudarle, de ofrecerle oportunidades de promoción humana? ¿Sé aconsejar a los demás? ¿Me intereso por ellos, me interesan sus sufrimientos? ¿O soy más bien de los que pasan por la vida con indiferencia ante los miles de sufrimientos humanos? Es más, ni siquiera me doy cuenta de ellos. Si pensamos en los hospitales, en el que se tiene la oportunidad de hacer palpable el amor de Dios. Pensemos en la escuela y en la ardua tarea de la formación de los jóvenes. Y si miramos a las obras de misericordia corporales, ¡cuántas oportunidades para hacer el bien! La posibilidad de visitar a los enfermos, de llevarles consuelo, compañía, apoyo espiritual. La posibilidad de dar de comer a los que padecen hambre por medio de la generosidad, por medio del compromiso personal. La posibilidad de vestir al desnudo etc. Las imágenes que a diario vemos en la televisión pueden crear en nuestro espíritu un penoso sentimiento de impotencia y, por ello, de indiferencia. Ayúdanos, Señor, a reaccionar. Ayúdanos a no ser ciegos delante de nuestros hermanos que sufren. Porque de esta manera nos hacemos ciegos, no te veremos ni te encontraremos, Señor.


Contemplación: haz silencio en lo más íntimo de tu corazón y desde allí agradece, adora, alaba y bendice a Dios; ofrécele cambiar en algo para bien tuyo, de los demás y gloria de Él.

Un poeta anónimo de Malawi, África, nos abre las puertas para entrar en el tema del amor. Dejemos que sus palabras interpelen nuestra práctica y provoquen una revisión de nuestro modo de vivir el mandamiento de Jesús.

“Yo tenía hambre
Y ustedes fundaron un club humanitario
Para discutir mi hambre,
Se lo agradezco.
Yo estaba preso
Y ustedes fueron a la iglesia
A rezar por mi libertad;
Se lo agradezco.
Yo estaba desnudo
Y ustedes examinaron seriamente
Las consecuencias morales de mi desnudez;
Se lo agradezco.
Yo estaba enfermo
Y ustedes se arrodillaron
Y dieron gracias a Dios por el don de la salud;
Se lo agradezco.
Yo no tenía casa
Y ustedes predicaron al amor de Dios.
¡Parecían ustedes tan piadosos
Y tan cerca de Dios!
Yo tengo hambre todavía,
Continúo solo, desnudo, enfermo,
Y prisionero.
Siento frío
Y no tengo casa”.

Demos gracias a Dios por el gran regalo que ha estado viviendo la Iglesia con la realización del Sínodo y que termina este Domingo 26 de Octubre.

El Señor les bendiga, Nacho, SDB.

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